Quiero Ser Un Misionero Creativo
“UN AMOR MÁS FUERTE QUE LA MUERTE”—
Un amor incomprensible.-
¿Quién puede comprender el amor manifestado aquí? La hueste angélica contempló con admiración y pesar a Aquel que había sido la majestad del cielo y que había llevado la corona de gloria, y ahora soportaba la corona de espinas, víctima sangrante de la ira de una turba enfurecida, inflamada de insana locura por la ira de Satanás. ¡Contemplemos al paciente y dolorido! Las espinas coronan su cabeza. Su sangre fluye de las venas laceradas. ¡Y todo por causa del pecado! Nada podría haber inducido a Cristo a dejar su honor y majestad celestiales, y venir a un mundo pecaminoso para ser olvidado, despreciado y rechazado por aquellos a quienes había venido a salvar, y finalmente, para sufrir en la cruz, sino el amor eterno y redentor que siempre será un misterio.
¡Admiraos, oh cielos, y asómbrate, oh tierra! ¡He aquí al opresor y al Oprimido! Una vasta multitud rodea al Salvador del mundo. Las burlas y los escarnios se mezclan con maldiciones y blasfemias. Los miserables sin sentimientos comentan su humilde nacimiento y vida. Los príncipes de los sacerdotes y ancianos ridiculizan su aserto de que es el Hijo de Dios, y las bromas vulgares y el ridículo insultante vuelan de un labio a otro. Satanás ejercía pleno dominio sobre las mentes de sus siervos. A fin de lograr esto eficazmente, comenzó con los príncipes de los sacerdotes y ancianos, y les infundió frenesí religioso. Movía a estos últimos el mismo espíritu satánico que agitaba a los más viles y endurecidos miserables. Prevalecía una armonía corrompida en los sentimientos de todos, desde los sacerdotes y ancianos hipócritas hasta los más degradados. Sobre los hombros de Cristo, el precioso Hijo de Dios, se puso la cruz. Cada paso de Jesús quedaba marcado por la sangre que fluía de sus heridas. Rodeado por una inmensa muchedumbre de acerbos enemigos y espectadores insensibles, se lo condujo a la crucifixión. "Angustiado él, y afligido, no abrió su boca: como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca". (Isa.53:7).
En la cruz.-
Sus entristecidos discípulos le seguían a lo lejos, detrás de la turba homicida. Lo vieron clavado en la cruz, colgado entre los cielos y la tierra. Sus corazones rebosaban de angustia al ver a su amado Maestro sufriendo como un criminal. Cerca de la cruz, los ciegos, fanáticos e infieles sacerdotes y ancianos le escarnecían y se burlaban de él diciendo: "Tú, el que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo: si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz. De esta manera también los príncipes de los sacerdotes, escarneciendo con los escribas y los Fariseos y los ancianos, decían: A otros salvó, a sí mismo no puede salvar: si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él. Confió en Dios: líbrele ahora si le quiere: porque ha dicho: Soy Hijo de Dios". (Mat. 27:40-43).
Ni una palabra contestó Jesús a todo esto. Mientras se hundían los clavos en sus manos, y grandes gotas de sudor agónico brotaban de sus poros, los labios pálidos y temblorosos del Doliente inocente exhalaron una oración de amor perdonador en favor de sus homicidas: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". (Luc. 23:34). Todo el cielo contemplaba la escena con profundo interés. El glorioso Redentor del mundo perdido sufría la penalidad que merecía la transgresión de la ley del Padre, que había cometido el hombre. Estaba por redimir a su pueblo con su propia sangre. Estaba pagando lo que con justicia exigía la santa ley de Dios. Tal era el medio por el cual se había de acabar finalmente con el pecado, Satanás y su hueste.
¡Oh! ¿Hubo alguna vez sufrimiento y pesar como el que soportó el Salvador moribundo? Lo que hizo tan amarga su copa fue la comprensión del desagrado de su Padre. No fue el sufrimiento corporal lo que acabó tan prestamente con la vida de Cristo en la cruz. Fue el peso abrumador de los pecados del mundo y la sensación de la ira de su Padre. La gloria de Dios y su presencia sostenedora le habían abandonado; la desesperación le aplastaba con su peso tenebroso, y arrancó de sus labios pálidos y temblorosos el grito angustiado: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?". (Mat. 27:46).
Jesús unido con el Padre, había hecho el mundo. Frente a los sufrimientos agonizantes del Hijo de Dios, únicamente los hombres ciegos y engañados permanecieron insensibles. Los príncipes de los sacerdotes y ancianos vilipendiaban al amado Hijo de Dios, mientras éste agonizaba y moría. Pero la naturaleza inanimada gemía y simpatizaba con su Autor que sangraba y perecía. La tierra tembló. El sol se negó a contemplar la escena. Los cielos se cubrieron de tinieblas. Los ángeles presenciaron la escena del sufrimiento hasta que no pudieron mirarla más, y apartaron sus rostros del horrendo espectáculo. ¡Cristo moría en medio de la desesperación! Había desaparecido la sonrisa de aprobación del Padre, y a los ángeles no se les permitía aliviar la lobreguez de esta hora atroz. Sólo podían contemplar con asombro a su amado General, la Majestad del cielo, que sufría la penalidad que merecía la transgresión del hombre.
En el abismo.-
Aun las dudas asaltaron al moribundo Hijo de Dios. No podía ver a través de los portales de la tumba. Ninguna esperanza resplandeciente le presentaba su salida del sepulcro como vencedor ni la aceptación de su sacrificio de parte de su Padre. El Hijo de Dios sintió hasta lo sumo el peso del pecado del mundo en todo su espanto. El desagrado del Padre por el pecado y la penalidad de éste, la muerte, era todo lo que podía vislumbrar a través de esas pavorosas tinieblas. Se sintió tentado a temer que el pecado fuese tan ofensivo para los ojos de Dios que no pudiese reconciliarse con su Hijo. La fiera tentación de que su propio Padre le había abandonado para siempre, le arrancó ese clamor angustioso en la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?".
Cristo experimentó mucho de lo que los pecadores sentirán cuando las copas de la ira de Dios sean derramadas sobre ellos. La negra desesperación envolverá como una mortaja sus almas culpables, y comprenderán en todo su sentido la pecaminosidad del pecado. La salvación ha sido comprada para ellos por los sufrimientos y la muerte del Hijo de Dios. Podría ser suya si la aceptaran voluntaria y gustosamente; pero ninguno está obligado a obedecer a la ley de Dios. Si niegan el beneficio celestial y prefieren los placeres y el engaño del pecado, consumarán su elección, pero al fin recibirán su salario: la ira de Dios y la muerte eterna. Estarán para siempre separados de la presencia de Jesús, cuyo sacrificio han despreciado. Habrán perdido una vida de felicidad y sacrificado la vida eterna por los placeres momentáneos del pecado.
La fe y la esperanza temblaron en medio de la agonía mortal de Cristo, porque Dios ya no le aseguró su aprobación y aceptación, como hasta entonces. El Redentor del mundo había confiado en las evidencias que le habían fortalecido hasta allí, de que su Padre aceptaba sus labores y se complacía en su obra. En su agonía mortal, mientras entregaba su preciosa vida, tuvo que confiar por la fe solamente en Aquel a quien había obedecido con gozo. No le alentaron claros y brillantes rayos de esperanza que iluminasen a diestra y siniestra. Todo lo envolvía una lobreguez opresiva. En medio de las espantosas tinieblas que la naturaleza formó por simpatía, el Redentor apuró la misteriosa copa hasta las heces. Mientras se le denegaba hasta la brillante esperanza y confianza en el triunfo que obtendría en lo futuro, exclamó con fuerte voz: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". (Luc. 23:46). Conocía el carácter de su Padre, su justicia, misericordia y gran amor, y sometiéndose a él se entregó en sus manos. En medio de las convulsiones de la naturaleza, los asombrados espectadores oyeron las palabras del moribundo del Calvario.
La naturaleza simpatizó con los sufrimientos de su Autor. La tierra convulsa y las rocas desgarradas proclamaron que era el Hijo de Dios quien moría. Hubo un gran terremoto. El velo del templo se rasgó en dos. El terror se apoderó de los verdugos y de los espectadores, cuando las tinieblas velaron al sol, la tierra tembló bajo sus pies y las rocas se partieron. Las burlas y los escarnios de los príncipes de los sacerdotes y ancianos cesaron cuando Cristo entregó su espíritu en las manos de su Padre. La asombrada muchedumbre empezó a retirarse y a buscar a tientas, en las tinieblas, el camino de regreso a la ciudad. Se golpeaban el pecho mientras iban, y con terror cuchicheaban entre sí: "Asesinaron a un inocente. ¿Qué será de nosotros, si verdaderamente él fuera, como lo afirmó, el Hijo de Dios?". — 1JT, 224—228.