Quiero Ser Un Misionero Creativo
“Acuérdate del día de Sábado, para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra; pero el séptimo día es el Sábado del Señor tu Dios; en él no harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tus sirvientes, ni tus sirvientas, ni tu ganado, ni tus extranjeros que están dentro de tus puertas; porque en seis días el Señor hizo el cielo y la tierra, el mar, y todo lo que en él hay, y descansó el séptimo día; por lo que el Señor bendijo el día Sábado, y lo santificó”. Exo. 20:8-11.
La primera palabra en este mandamiento, “acuérdate”, lo separa de los demás mandamientos y le da su distinción. Cuando Dios le dio el Sábado al hombre, Él sabía el gran valor de Su don, y también sabía de la amplia negligencia en la cual caería. Él sabía que Satanás usaría este mandamiento como su especial punto de ataque contra la iglesia, y que haría cualquier cosa que esté en su poder para hacer con los hombres se olvidasen del Sábado. Él sabía que durante el tiempo, los hombres perderían el sentido sagrado del día, e ignorarían sus obligaciones. Por estas razones, Dios llamó especialmente la atención hacia el Sábado cuando anunció la ley en el Sinaí, y solicitó que fuese guardado especialmente en la mente. Todos los mandamientos de Dios son vitales, y ninguno puede ser negligenciado. Pero a ningún otro Él le dio la distinción que le dio a este, pidiéndole a Su pueblo que no lo olvidaran.
Debido a su carácter único, este mandamiento ha sido quebrado – tanto por los santos como por los pecadores – más que cualquier otro mandamiento. Hombres que nunca pensarían en ser deshonestos o de decir una falsedad, que conscientemente nunca quebrarían ninguno de los otros mandamientos, no sienten nada al quebrar el Sábado del Señor. Ignoran completamente el hecho que el Señor bendijo este día sobre todos los demás días, que lo hizo para el hombre, y que Él nunca ha revocado la bendición con la cual lo invistió, ni tampoco ha retirado Su don. Los hombres se olvidan que al rechazar el don, ellos hieren al Dador.
La observancia del Sábado es vital para el cristianismo. No sin razón escogió Dios un día entre siete y lo separó para ejercicio espiritual. Él sabía que el hombre necesitaba un tiempo definido para la adoración, un día donde pudiese dejar a un lado los cuidados de esta vida y volver sus pensamientos hacia el cielo y al hogar.
Esto, desde luego, sería especialmente así después de la caída del hombre. Separado de su hogar en el Edén, incapaz de andar en el jardín y de hablar con Dios como lo hacía antes, compelido a ganar su pan con el sudor de su frente, el hombre necesitaba un día en el cual pudiese cesar de trabajar duro y preparar su alma para tener una comunión con Dios. Sin el Sábado todo sería trabajo y sudor sin respiro, todos los días serían iguales, y habría una continua conciencia de separación de Dios. Pero la llegada del Sábado trajo renovada esperanza, alegría y ánimo. Nos da la oportunidad de comunión con Dios, y fue profético del tiempo cuando el cielo y la tierra sean unidos nuevamente.
Aquel que deja a un lado el Sábado, deja a un lado la adoración, cierra una de las puertas al cielo, y empobrece enormemente su vida espiritual. El Sábado permanece para adoración, meditación, reflexión, estudio, oración, comunión, fraternidad. Si cualquiera de estas características son negligenciadas o seriamente interferidas, la religión cesa de ser efectiva, y la mundanalidad toma ese lugar. Por esta razón Satanás considera el alejamiento del Sábado uno de sus mejores medios para hacer con que los hombres se olviden de Dios, y para bajar el tono espiritual de las personas. A medida que el hombre se olvida del Sábado, también se olvida de Dios. A medida que se vuelven descuidados para guardar el Sábado, también se vuelven descuidados en otros deberes religiosos. La guarda del Sábado es un exacto barómetro de la vida espiritual.
Base del Cuarto Mandamiento.
El mandamiento del Sábado descansa solamente en un “Así dice el Señor”, y no está apoyado, en el hombre no regenerado, por una consciencia aprobadora o acusadora. Los mandamientos tales como “no matarás” y “no robarás” poseen conciencia a su lado. Aun cuando pueden haber tribus e individuos que poseen poco conocimiento del respeto a estos mandamientos, el individuo normal posee sentimientos que lo hacen sentir mal cuando los transgrede. Pero esto no es normalmente el caso con la profanación del Sábado, por lo menos no es así hasta que le sea revelado o hasta que una luz especial le llegue al individuo. El que no es cristiano encuentra duro entender por qué el trabajo hecho en un día de la semana es aprobado, mientras que el mismo trabajo hecho en otro día es reprobado; por qué en un día una cosa está correcta y es recomendable, y en otro día la misma cosa es pecado. Él no ve que la diferencia no está en la cosa hecha, sino que en el tiempo en que es hecha. Él no encuentra una base para esa diferencia en la naturaleza o en la ciencia. A él le parece ilógico y arbitrario.
El cristiano igualmente no puede encontrar una base para guardar el Sábado en la naturaleza. Las estrellas se mueven en sus órbitas sin tomar en cuenta el Sábado; el grano crece; los árboles dan sus frutos; la creación animal no sabe de ningún día de descanso; viene la lluvia y sale el sol, todo sin una diferencia discernible en los días. La naturaleza no posee ningún Sábado. ¿Por qué, entonces, el hombre tiene que guardar el Sábado? Para el cristiano existe apenas una razón y no hay otra; pero esa razón es suficiente: Dios lo ha dicho. El mandamiento del Sábado descansa definitivamente y solamente en un “Así dice el Señor”, y no tiene ninguna base en la naturaleza, como tal. Por esta razón que Dios hizo el Sábado Su señal y prueba. Esto será analizado posteriormente.
Cuando Satanás ataca el Sábado, él ataca un mandamiento que en un sentido especial está basado en Dios y que afirma la fe en Dios. Si él consigue ganar aquí, la victoria es realmente grande. Si él puede secularizar este día, ha conseguido alejar del cristianismo la hora de comunión y de oración, la hora de estudio y de paz, la hora cuando se encuentran con otros de la misma fe para darse mutuamente ánimo y edificación. Ha dejado a un lado una ligación vital en la cadena que une el cielo con la tierra.
El Sábado del cuarto mandamiento suple tiempo para la consideración de las cosas del espíritu. Los hombres no atienden los deberes religiosos a menos que un tiempo específico sea separado para ese propósito. Existe una multitud de cosas que continuamente llaman la atención, y todos los días de la semana pueden ser provechosamente usados para asuntos exclusivamente seculares; y esto se hará, si no fuese por el hecho que Dios llama a los hombres a recordar el día Sábado para santificarlo. El Sábado es un llamado semanal para volver a Dios, para alejarnos de las cosas del mundo, para darle atención al espíritu. Satanás conoce el valor del Sábado para la religión, y no es lento para aprovechar cada oportunidad para destruirlo. Si él puede hacer con que el Sábado sea de ningún efecto, habrá destruido no solo tiempo santo, sino que habrá frustrado uno de los grandes medios de gracia, y habrá privado al hombre de la bendición del Sábado.
Quebrantando el cuarto mandamiento no es lo mismo que quebrar alguno de los otros mandamientos. Un hombre puede matar a otro hombre en una explosión de rabia; él puede tomar apresuradamente el nombre de Dios en vano; o puede llegar a ser sorpresivamente derrotado por una gran pasión. Pero no es así con el cuarto mandamiento. La quiebra del Sábado no tiene la excusa de una pasión repentina o de un deseo inmoderado. No es como un gran pecado o un hábito destructivo. Es más bien un síntoma de declinio espiritual, de alejamiento de Dios, de enajenación de la promesa, de una enfermiza experiencia cristiana. Enfaticemos esto: es un síntoma indicativo de enfermedad, y revela una condición interna de apostasía para con Dios. Sus raíces son más profundas que la aparente transgresión. Muestran un alejamiento de la vida espiritual y de la vida santa, y presagia la separación del alma de Dios. La guarda del Sábado es un barómetro espiritual, una señal de santificación, una indicación de nuestra amistad y camaradería con Dios.
Mientras la transgresión del Sábado es un síntoma, también es una enfermedad. Fomenta la irreligión y anima la desobediencia en otros puntos. Deja hambrienta el alma y la debilita, priva al hombre de los medios de sustentación espiritual, y lo hace susceptible a vulgarizar las tentaciones. Es una de las invenciones más astutas de Satanás. En esto él consigue el apoyo de una gran parte de la cristiandad, lo cual no sería posible con ningún otro mandamiento. Los hombres no entienden como debieran, que el Sábado es uno de los canales principales de comunicación con Dios, que quebrando el Sábado se quiebra la conexión con el cielo y se interrumpe la corriente espiritual de la vida. No entienden que “el Sábado es un broche de oro que une Dios y Su pueblo”.
El Lugar del Sábado.
El mandamiento del Sábado ocupa una interesante posición en la ley de Dios. Tres grandes mandamientos que tienen que ver con Dios lo preceden, y seis que tienen que ver con el hombre lo siguen. El mandamiento del Sábado pertenece a ambas tablas de la ley, y comparte la naturaleza de ambas. Posee un aspecto divino y un aspecto humano. Es el Sábado de Dios, pero nosotros, los hombres, debemos guardarlo. Ordena adoración y también trabajo. Combina de una manera única lo sacro y lo común, describiendo nuestro deber para con Dios y el hombre. Divide todo el tiempo en secular y sagrado, y define a cada hombre sus deberes. Ordena trabajar y ordena descansar, dándole a cada uno su parte compartida en el plan de Dios.
Los hombres necesitan un Sábado. El mundo es demasiado con nosotros. Estamos apurados con tantas cosas que fallamos en tomar tiempo para pensar. No tenemos tiempo libre, no hay tiempo para un ejercicio espiritual, no hay tiempo para estudiar, reflexionar, meditar; para hacer eso tenemos que deliberadamente separar un tiempo. Esto es lo que Dios quiere que nosotros hagamos. Y Él quiere que escojamos el tiempo que Él ha escogido para esto. Él quiere que nos “acordemos del día Sábado, para santificarlo”.
Como sería casi imposible para una niña pequeña mantener limpio su vestido si es que comienza a jugar en el barro y se ensucia las manos, así es casi imposible que nosotros guardemos el día santo, a menos que nos refrenemos del pecado y de lo malo y de todo lo que contamina. Si sus pequeñas manos se ensucian, no pasará mucho tiempo hasta que el vestido también se ensucie. La única esperanza de mantener su vestido limpio es que se mantuviese alejada de todo lo que ensucia. Solo si ella se mantiene limpia, podrá mantener sus vestidos limpios.
El paralelismo es claro. El día Sábado de Dios es santo. Es un día santificado. Es el santo descanso de Dios. No debemos mirarlo livianamente. No debemos pisotearlo. No debemos hacer nuestra propia voluntad en él. No debemos decir nuestras propias palabras. No debemos contaminarlo. Debemos mantenerlo santo. Isa. 58:13; Eze. 20:13, 21. Esto puede ser hecho solo si nosotros mismos somos santos y nos mantenemos lejos de todo lo que profana y contamina.